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Nos detenemos ahora en una reflexión conceptual pasando de la intimidad al imperativo de la transparencia. La semana pasada la relación entre Twitter y la intimidad nos llevó a ver la importancia de conocer las reglas y elementos de esta red social para generar mensajes efectivos. Pedir completa claridad de un mensaje de 140 caracteres resulta absurdo, lo cual no significa que en su redacción no se busque apuntar de manera concreta en una dirección. Los mensajes de Twitter son la llave para un baúl de reflexión, por eso deben tener en ellos mismos la indicación de cuál es el que les corresponde. ¿Qué relación hay entre esta necesidad de claridad y el imperativo de transparencia tan presente en nuestros días?

El marco de la reflexión nos viene dado de nuevo por las interesantes aportaciones de Byung-Chul Han, ahora en su texto La sociedad de la transparencia. Hay una idea en común que aparecía ya en su texto sobre el amor y Eros, a saber, que la estrategia de la nivelación de  todas las cosas a través del valor monetario impera en nuestro tiempo y en nuestra sociedad. Esto se expresa también con la transparencia en la medida en que “Las cosas se tornan transparentes cuando se despojan de su singularidad y se expresan completamente en la dimensión del precio”.

El imperativo de la transparencia contra la opacidad

Hay una aguda e interesante observación del filósofo coreano con respecto a la fundamental característica de un lenguaje que sucumbe al imperativo de la transparencia: “El lenguaje transparente es un lenguaje formal, puramente maquinal, operacional, que carece de toda ambivalencia”. La ausencia de ambivalencia convierte toda comunicación en un mero intercambio de datos. - tuitéalo     Sin cierta opacidad en el lenguaje tenemos máquinas que transmiten y traducen elementos de un lenguaje cuyas expresiones son limitadas y siempre previsibles. Cualquier cosa fuera de una gramática informática es oración sin sentido y sin posibilidad de adherirse al mundo significativo.

La ambivalencia y la ambigüedad son parte de lo espontáneo del y en el lenguaje. - tuitéalo    

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Es precisamente la opacidad y la imprecisión la que hace necesaria la interpretación, la que otorga un lugar de libertad al otro y a su íntima complejidad. Interpretar es traer al sentido lo que se insinúa a través de un lenguaje opaco. - tuitéalo     Pero esto es también lo que hace del lenguaje algo propiamente humano. La transparencia entendida como imperativo, es decir, caída en la desmesura, iguala el discurso y le vuelve controlable. Lo hemos dicho ya varias veces a partir de las palabras de Trías: un valor llevado al absoluto termina convertido en su sombra, en un auténtico antivalor. Es valioso contar con un discurso transparente si por ello se entiende una congruencia entre el decir, las intenciones y los actos concretos. Pero si pretendemos un lenguaje prístino a toda costa se cae en la desmesura de cortar las posibilidades y variaciones que le son propias favoreciendo en cambio un lenguaje único y unívoco.

La opacidad y la reflexión

Ya una vez la figura del espejo nos ayudaba a pensar uno de los cuadros más famosos de Velázquez. Ahora el mismo artefacto nos da una pista fundamental en este tema: sin la opacidad la reflexión es imposible. La transparencia hace imposible la reflexión en el espejo e innecesaria a nivel del pensamiento. - tuitéalo     Si lo que se busca es ausencia de ambigüedad y la mayor cantidad de datos, entonces el pensamiento no tiene la necesidad de esforzarse, todo le es dado ante los ojos. Pero una enorme cantidad de datos no garantiza nada por sí mismo: “Está demostrado que más información no conduce de manera necesaria a mejores decisiones. […] Hoy se atrofia la facultad superior de juzgar a causa de la creciente y pululante masa de información”.

Sin opacidad no hay reflexión en el espejo ni necesidad de la misma en el pensamiento. - tuitéalo    

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Lo que se busca hoy es la transparencia del escaparate y la inexpresividad del maniquí. - tuitéalo     Sujetos siempre expuestos y homologados de acuerdo al discurso dominante, siempre disponibles para participar en el intercambio del mercado no sólo como sujeto de la operación, sino como objeto de la misma. La operación se vuelve más sencilla si el criterio, la capacidad de juicio con respecto al mundo, está convenientemente convertida en mera capacidad de cálculo. De ahí que la opacidad no deba ser siempre interpretada como una voluntad de mentir o de esconder elementos comprometedores. La negatividad y su posibilidad, de hecho, son fundamentales para la libertad humana. - tuitéalo     La transparencia de la pura positividad nos confina al infierno de lo igual para todos.

Me gusta, el juicio universal

El imperativo de la transparencia requiere de esta positividad que se transmite y comunica con gran facilidad. Hoy el ‘me gusta’ es el juicio al que estamos acostumbrados, aunque con él no se exprese con precisión el valor de nuestra opinión. No es suficiente un ‘me gusta’ para dar cuenta de los detalles de nuestro punto de vista, pero nos contentamos con esa versión sintética que, además, permite una sencilla monetización: lo que marcamos con este simple juicio delinea nuestro perfil como consumidores más que la complejidad de la personalidad. Ante nuestros ojos comparece entonces sólo aquello que nos gusta, como si la transparencia generara el efecto del espejo de narciso y entonces ya ninguna otra reflexión es necesaria.

El mundo no es hoy ningún teatro en el que se representen y lean acciones y sentimientos, sino un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades. El teatro es un lugar de representación, mientras que el mercado es un lugar de exposición. Hoy, la representación teatral cede el puesto a la exposición pornográfica. (p.68)

La esfera pública se confunde entonces con una proyección de mi intimidad. - tuitéalo     Nos comportamos en estos ámbitos como si nadie nos viera, como lo haríamos en los espacios privados. Puede verse el sentido de lo que Han llama el infierno de lo igual: no hay diferencia posible ahí donde se desarrolla un miedo a la negatividad. De ahí que el imperativo de transparencia deba moderarse para hacerlo valer en los ámbitos donde corresponde y siempre buscando una convivencia con el resto de los valores.

Lo que hace falta es darle esta dimensión axiológica al mundo digital. - tuitéalo     Es en eso en lo que consiste la tarea de la cordialidad en la que coincido con Han. La ambigüedad de los mensajes no es el problema, sino la ausencia de un principio de orientación ético-moral para la acción en el contexto digital. Hay que buscar más y mejor información para todos, pero sin sacrificar un comportamiento orientado por valores y buscando educar el juicio para ir más allá de un mero ‘me gusta’.

Pero la red digital como medio de la transparencia no está sometida a ningún imperativo moral. Carece, en cierto modo, de corazón, que tradicionalmente era un medio teológico-metafísico de la verdad. La transparencia digital no es cardiografía, sino pornográfica. (p. 86)

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