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Arthur Schopenhauer, filósofo alemán, proponía una curiosa analogía para ilustrar el modo en que nos relacionamos con los demás. El dilema del erizo, como se le conoce, fue retomado por Freud en su texto Psicología de las masas y análisis del yo. Algo que nos habla del interés que puede tener la imagen que Schopenhauer propone para pensar la relación del individuo con su entorno. La idea es muy clara: un grupo de erizos se aproximan unos a otros buscando un poco de calor en el invierno, pero sus púas les hacen saber que la cercanía no puede darse sin un doloroso pinchazo. Así, después de algunos intentos, se ven forzados a establecer la sana distancia que les dé calor sin exponerles a sus dolorosas puntas.

La analogía resulta sumamente pertinente siempre que se tome con los matices necesarios. En ella se plasma ese visión más bien pesimista del autor de El mundo como voluntad y representación. Por un lado tenemos la soledad que nos convierte en presas del frío, mientras que por el otro la calidad de la proximidad tiene como precio el dolor de la acción de una púa sobre la piel. Buscar el justo medio no es tanto la construcción de un ideal entre dos polos viciosos, sino más bien la búsqueda de un lugar no tan hostil en un contexto que nos hiela o nos pincha. El dilema del erizo no habla del comportamiento virtuoso, sino del mejor comportamiento posible. - tuitéalo     Posible, por supuesto, asumiendo que el contexto realmente es como se nos propone.

El dilema del erizo habla de las distancias y cercanías que hacen posible nuestro entorno. - tuitéalo    

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Ahora bien, queda en el aire una pregunta: ¿no es el comportamiento virtuoso el mejor posible? Lo es en este caso si pensamos que la capacidad de cálculo predomina en la virtud. El dilema requiere, en efecto, de un cálculo, de una estimación de lo que podemos soportar de frío o dolor sabiendo que abandonar el colectivo es asumir el riesgo de morir congelados. Demasiada cercanía significaría también una herida. ¿Un poco de frío para evitar el pinchazo? ¿Acostumbrarse al objeto punzante para dejar de pasar frío? El cálculo dará como resultado la distancia o la cercanía, depende de cómo nos guste verlo. La virtud, entonces, sería esta capacidad de generar distancias y cercanías para construir la propia zona de confort en un contexto compartido. Una noción que, a mi juicio, resulta bastante pobre.

El dilema del tecnófilo

Dado este contexto te cuento lo que me ha llevado a recuperar la analogía del filósofo alemán. La comunicación parece ser el elemento que caracteriza nuestra época. El contacto constante y el intercambio de información está ahí donde miremos gracias a los dispositivos móviles. Las redes sociales y los sistemas de mensajería instantánea nos tienen en un entorno de comunicación virtual que, por supuesto, no debe confundirse con una comunicación virtuosa. Lo virtual es aquello que se asemeja o acerca a lo real, lo que tiene realidad en potencia, pero no en acto. El debate interesante estaría en saber el tipo de realidad que de hecho otorgamos a este intercambio constante de mensajes y datos en el que vivimos.

¿Qué tanta realidad estamos dispuestos a soportar en nuestras aplicaciones móviles? - tuitéalo    

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Hace unas semanas la aplicación de mensajería WhatsApp levantó un gran revuelo con la opción que nos permite saber cuando un mensaje ha sido leído. Antes de esto sólo teníamos una gran incertidumbre con respecto a la lectura del mensaje. Los más curiosos revisaban la última conexión de la persona para aumentar la posibilidades de que el mensaje haya sido visto, siempre y cuando el usuario no tuviera bloqueada esa información. Ahora, y hasta que la aplicación se mantenga así, esconder el momento de lectura del mensaje es imposible. Elemento que, curiosamente, hace de la aplicación algo más realSimular una conversación en tiempo real implica saber si la persona nos está escuchando o no. - tuitéalo     ¿Qué es entonces lo que nos molesta?

El amante de la tecnología se ve entonces ante un dilema: quiere comunicarse de manera rápida e inmediata con sus círculos más cercanos, pero quiere conservar también la posibilidad de no responder a los mensajes. El hecho de que el otro pueda saber que lo que le han enviado fue leído le pone ante una especie de obligación de respuesta si no quiere ofender al emisor. Curioso efecto de algo que, en principio, no hace sino simular, es decir, crear un entorno virtual de comunicación cara a cara. El dilema del tecnófilo se encuentra entre el estar siempre en cercanía con las personas que le importan y la posibilidad latente de que uno de ellos prefiera mantener una dolorosa distancia.

Las opciones y las virtudes

Como ya te decía antes, en el dilema del erizo hay una noción de virtud que implica el cálculo en función de dos escenarios adversos. Si seguimos esa misma línea, el tecnófilo tendría la opción de dejar de usar la mensajería instantánea o pasar a otro servicio que oculte esta información. No obstante, hace ya casi un mes que tenemos esta opción habilitada y no se sabe de una caída masiva en en los usuarios de WhatsApp. Valoramos demasiado la posibilidad de entrar en contacto, o quizá, contrario a lo que parece, somos bastante reacios al cambio de algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado. Las hipótesis pueden ser muchas, pero lo cierto es que el cálculo sigue favoreciendo a la cercanía generada por esta aplicación.

Los entornos virtuales nos dan una fachada que puede caer con mucha facilidad. - tuitéalo    

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Dando un paso más allá, podemos decir que la opción del mensaje leído nos revela un aspecto bastante positivo, a saber, que conservamos intacta la capacidad de distinguir entre un acto educado y una flagrante descortesía. No es un asunto menor. El escándalo sólo se entiende en función de que esconderse, mentir o ignorar a alguien, son considerados como actos negativos. Quizá WhatsApp dio un paso hacia la realidad que los usuarios no querían dar. - tuitéalo     Éramos todos erizos bajo la cubierta de una manta que de pronto nos han arrebatado obligándonos a decidir de nuevo entre la cercanía y el pinchazo. El cálculo entra en juego de nuevo y eso nos empuja a activar esa balanza de valores que nos lleva a una respuesta o al silencio.

No me atrevería a decir aquí si la apuesta de la aplicación es buena o mala. Lo más que puede decirse es que ha resultado muy interesante lo que puso al descubierto. El refugio de lo virtual recibió una ligera sacudida y nos obligo, al menos por un momento, a dar la cara y volver a dialogar en tiempo real. Una reflexión importante que se deriva de esto es si esa noción de virtud como capacidad de cálculo es suficiente. Quizá valga la pena recuperar el valor intrínseco de un comportamiento orientado por las virtudes y luchar por conservarlo incluso en la comodidad del entorno virtual. Lo que vemos, mientras tanto, es que las redes sociales no pierden su sentido ético-moral con los añadidos tecnológicos de nuestro tiempo.

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