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Tiempo de cerrar este ciclo de reflexión sobre el valor y la ética en el contexto de la blogosfera. Se trata, evidentemente, de un descanso, de una pausa necesaria para que las ideas tomen aire antes de volver a ponerse en juego. Para hacerlo quiero proponerte que visitemos una de esas puertas falsas que suelen presentarse cuando nos enfrentamos a temas éticos que demandan de nosotros la reflexión y el coraje de la decisión. En cuanto cuestionamos un poco por el sustento de los actos de alguien o el valor ético detrás de un discurso aparece una respuesta que podemos formular así: bueno, es que cada cabeza es un mundo.

La afirmación de que cada uno de nosotros tiene plena libertad de autodeterminación, es decir, que nos movemos por el mundo de acuerdo a un código configurado de manera bastante personal, es una que merece que nos detengamos a meditar. Soy libre de hacer, decir y pensar lo que me venga en gana pero, evidentemente, siempre dentro del marco de la convivencia donde el otro (persona, naturaleza, etc.) es la instancia última y límite de mi propia libertad. Vamos a decirlo de esta manera: somos libres, pero no tanto como nos gusta creer. El problema, como siempre, está en querer hacer de un valor algo absoluto, es decir, libre de cualquier condicionamiento.

La blogosfera de la libertad desenfrenada

Los blogs y las redes sociales han abierto un espacio de expresión inusitado. Podemos establecer conversaciones y compartir textos como nunca antes en la historia de la humanidad. Se constata con ello esa gran libertad de decir lo que nos viene en gana de mejor o peor manera de acuerdo a nuestra voluntad y capacidades. No obstante, es claro que no carecemos de filtros. La simple aparición de una figura como la del curador de contenidos nos habla ya de la necesidad de una mínima criba ante la vorágine de contenidos en la red. Además, Google se ha encargado también de ir marcando pautas para la forma en que las cosas se pueden decir en la blogosfera.

Google, con su modelo de negocio, es el primer freno a la libertad en la blogosfera. - tuitéalo    

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Parece increíble pero el gigante de las búsquedas, para cuidar su negocio, tiene que poner reglas sobre cómo, cuándo y dónde se debe escribir. El valor de una plataforma como WordPress o Blogger, la extensión ideal de los textos, la estructura de los mismos para su mejor indexación, la selección de palabras clave… Todas esas lindas pautas de las que no dejamos de leer para el posicionamiento de nuestros blogs son una forma sutil, aunque bastante directa, de poner un primer freno a la libertad desenfrenada. Podemos decir lo que queramos, pero si quieres aparecer en los resultados de búsqueda tendrás que atender un cómo, a una forma previamente establecida.

El famoso PageRank, entonces, sería una primera aproximación a la objetividad del valor en la red. En otras palabras, cuando nos preguntamos sobre lo que vale en la blogosfera podemos tener esta medición concreta y real (aunque no sea pública y del todo transparente de momento) como una referencia objetiva. Además, se trata de una referencia que constituye un código compartido, un saber hacer que se va aprendiendo de manera paulatina por quien entra a formar parte de esta comunidad. Cada cabeza es un mundo, sí, pero ese mundo personal tiene una base común, una raíz a la que no puede dar la espalda del todo sin condenarse al aislamiento.

El camino a la fosa común

Pero en Google no son nada tontos. El hermetismo con respecto a su algoritmo no sólo tiene que ver con una actitud del “capitalismo salvaje”. La búsqueda de la mentada naturalidad de los contenidos es esencial para que el buscador conserve su sentido. El usuario/lector está cada vez más y mejor informado, por lo que se vuelve un curador de contenidos en potencia. Esto, más temprano que tarde, llevará a una especie de “selección natural” donde sólo el contenido que ha pasado por una buena maduración y cuidado seguirá con vida.

Sin naturalidad en los contenidos no puede haber libertad para seleccionar los mejores. - tuitéalo    

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Si Google condicionara la forma por completo haciendo público su algoritmo la lucha por los primeros lugares en los resultados de búsqueda dejaría de tener sentido. Sería tanto como tener una fórmula para aparecer ahí sin mayor mérito ni esfuerzo. El camino nos llevaría a una inevitable homologación de contenidos que no harían sino vaciarse una y otra vez en el mismo recipiente. Algo que de hecho sucede cuando alguien descubre un nuevo “truco de posicionamiento”. Estamos mucho más condicionados de lo que creemos, pero la creciente capacidad del lector hará de estos textos que no hacen sino repetir lugares comunes materia, precisamente, para la fosa común de la red.

Pero, ¿yo puedo cambiar el mundo?

En lo que hasta aquí te vengo contando hay un supuesto muy importante: los valores tienen una dimensión objetiva que no siempre es del todo tangible. Hay que tener mucho cuidado con quien afirma que todo vale y todo se puede porque ahí se esconde la renuncia al esfuerzo y a la reflexión. Relativizar el valor es la puerta a la mediocridad. - tuitéalo     La selección de los contenidos se hará sobre una base objetiva de calidad, o mejor, de cualidad que no es muy diferente de aquella que nos hace distinguir entre una pieza de Mozart y el último sencillo de Justin Bieber. Que son diferentes, que cada uno tiene su propio lugar. Sí, por supuesto, pero por eso tienen valores distintos y uno seguirá entre nosotros mientras que el otro tendrá un paso efímero.

El valor se reconoce espontáneamente y por eso se preserva de manera silenciosa. - tuitéalo    

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 ¿No es esta una perspectiva muy pesimista y algo pedante? Para nada. Ahí donde mires encontrarás que las innovaciones tecnológicas generar una explosión en la producción, pero a toda explosión le sigue un asentamiento de lo que ha sido proyectado a gran velocidad. La blogosfera es un boom que se asentará paulatinamente. Cuando las cosas se pongan en su sitio se verá el contenido que resiste al duro juicio de la historia y el que pasará al anonimato del que, se dice, se podría salir alguna vez si la suerte sonríe (no hay justicia perfecta lamentablemente). No hay nada más optimista que esto: la humanidad se encarga de preservar lo valioso de manera espontánea porque tiene la gran capacidad de reconocerlo aunque se encuentre en medio de una polvareda.

Hay que vivir plenamente en la realidad antes de pretender cambiarla. - tuitéalo    

Lo que te propongo, por lo tanto, es que desconfíes de quien te invita a relativizar el valor. Apuesta en cambio por una reflexión detenida de lo que vale para generar tus contenidos porque eso lo reconocerá el lector. No vamos a cambiar el mundo y no vamos a cambiar la realidad, pero porque no se trata de cambiarla sino de vivirla plenamente. Piensa en un genio en cualquier ámbito del hacer humano: Mozart, Beethoven, Picasso, Steve Jobs… Su genialidad está en ser parte de su época de manera tan profunda que han sabido verla en su totalidad y, por tanto, ver lo que le hacía falta. El valor no responde a una voluntad individual, sino que hay que saber reconocerlo en lo colectivo para rescatarlo, pulirlo y hacerlo de nuevo posible.

El que cambia el mundo, quien de verdad le aporta valor, no es el que da la espalda a su realidad abrazando la ensoñación. Quien cambia al mundo es el que abraza su realidad como lo haría con un sueño. - tuitéalo     Sabemos que hasta en la dimensión onírica operan reglas, por eso no hay que tener miedo a reconocerlas, no hay que negarlas pensando que así tendrán que cambiar. Lo importante es el reconocimiento y eso supone siempre un esfuerzo. Reconoce sin miedo el valor que está ahí, que es real aunque no atines a dar razones para justificarlo. Si comenzamos a dialogar al respecto desde la blogosfera seguro que iremos encontrando los rasgos de su peculiar rostro y, cuando menos lo esperemos, habremos cambiado el mundo. Porque para cambiarlo hay que apostar por algo y eso significa que, inevitablemente, no todo vale.

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